La fuerza de nuestro nombre: Cómo saber emplearla

febrero 7, 2014
All spectrum of shades in your hands

Nuestro nombre posee gran valor, porque nos identifica. Por ello, debemos saber las ventajas y desventajas a la hora de darlo a conocer a las demás personas.

El poder del nombre está relacionado con la creencia general en la fuerza creativa del sonido: “En un Principio era la Palabra y la Palabra era Dios”. Quien poseía el nombre de “Dios” tenía la fuerza divina. Una leyenda hebrea cuenta que la tierra y los cielos temblaron cuando Salomón empezó a pronunciar el nombre sagrado. Saber el nombre “verdadero” de una persona es conocer “su identidad” y eso puede otorgar poderes mágicos sobre el alma.

Llamar las cosas por su nombre

Hace tiempo, también sucedía que los animales temidos nunca se nombraban por miedo a atraerlos, de tal forma que al lobo se lo llamaba El Silencioso o El Corredor del Bosque; y en las sociedades donde temían a los muertos se evitaba pronunciar sus nombres, usando cualquier otro título, lo mismo sucedía con las enfermedades o pestes.  Esto generaba mitos y tabúes que en la actualidad hemos desecho –aunque algunos aún persisten-. Afortunadamente, la humanidad se ha dado cuenta que el primer paso para eliminar el miedo es reconocerlo, y estudiarlo a fin de poder enfrentarlo y superarlo. Además, pronunciar la verdad genera alivio y un paso de superación.

El legado

La importancia atribuida al nombre se comprueba a lo largo del tiempo en la perpetuación de un apellido, que no debe dejarse desaparecer y que ha llevado a muchos hombres a casarse por esa única razón. Del mismo modo, se pone a los niños el nombre de algún familiar, para perpetuar el nombre; estos niños se consideran, a menudo y en algunos países, como la reencarnación de sus antepasados. La fuerza reside en que ya portan un cierto prestigio familiar, pero a su vez poseen la ardua tarea de sostenerlo y no defraudar a los demás.

En el caso contrario, si hablamos de los nombres propios que deben ser desmitificados nos encontramos con quienes poseen el mismo nombre que sus padres, sus abuelos, u antepasados. Estas personas cargan así con el “peso” de cumplir ciertos mandatos familiares. Su primera tarea con el nombre es desmitificar esto ante el resto de sus seres queridos y andar su propio destino. Aquí el nombre no tiene poder en sí, sino que se transforma en algo por lo que luchar.

El nombre Divino

En muchas religiones, Dios tiene un nombre que no se debe pronunciar. En los tiempos romanos, el nombre de la deidad tutelar de una ciudad se mantenía en secreto. Los judíos tenían la misma prohibición, con el fin de mantener a la deidad en exclusiva para su propia gente. En los misterios griegos, sólo los iniciados podían apelar o rezar a las deidades cuyos nombres se les había dado. El no conocer el nombre excluía a los no iniciados de obtener favores de las divinidades. Por ello, en la actualidad, no se le debe dar el nombre a cualquiera. Conservarlo como misterio propio da un valor especial. Nos permite ser dueños de nuestra identidad, ser conscientes del poder propio, del valor de la palabra dicha o no. Recordemos que en muchos rituales de magia es necesario escribir nuestro nombre, el de la persona amada, o el del enemigo también. Esto ocurre porque es el nombre el que actúa como avatar nuestro en los actos mágicos.

El valor del anclaje

Desde pequeños nuestras madres nos llaman por el nombre e imponen poder, pretenden que las obedezcamos. Esto genere un “anclaje” con la pronunciación de nuestro nombre hacia ciertos actos de obediencia. El secreto es aprender a utilizar esta técnica con los otros, al igual que lo usan, por ejemplo, estratégicamente las compañías de marketing telefónico o call centers. Utilizar esto a nuestro favor puede generar que la otra gente se predisponga a hacer cosas. Cuando dicen nuestro nombre nos sentimos importantes, nos sentimos más validados, sentimos que somos alguien, con lo cual, cuando alguien pronuncia nuestro nombre nos puede “endulzar” o manipular mejor. Obviamente usar estos trucos no harán que alguien haga algo en contra de su voluntad, pero si ejercerán una influencia inconsciente ante peticiones pequeñas y medianas.

El nombre y la magia

En el mundo del ocultismo y de la magia, por ejemplo, es frecuente que se use un seudónimo o nombre mágico y se mantenga oculto o reservado el nombre auténtico, aquel con el que la persona fue bautizada o el que le pusieron sus padres al nacer, o bien el nombre o apodo con el cual dicha persona es comúnmente conocida. Esto sucede por dos razones: una, porque el alias o apodo de mago puede ser elegido especialmente para atraer determinadas fuerzas universales: por ejemplo, a través de la numerología, del valor de las letras hebreas, de la significación del nombre de los ángeles, etc. O también, para que el hechicero esté protegido de ciertas influencias maliciosas de espíritus errantes que puedan apoderarse de ellos ante la posesión de su nombre verdadero.

A lo largo de la historia…

Antiguamente, la persona no tenía identidad hasta que no tenía un nombre, y eso demuestra el valor que un nombre tenía en las diferentes civilizaciones. Por ejemplo, en Babilonia, lo que no tenía nombre no existía. En la antigua Roma, no se le daba a un muchacho el nombre individual hasta un ritual de iniciación, o a una muchacha hasta que se casaba. En la Edad Media no se nombraba a un niño hasta después de los dos años por si no sobrevivía. Entre los aborígenes australianos, el padre dice al muchacho el nombre totémico en la iniciación. En todas las edades y en todos los tipos de cultura se da al individuo un nombre nuevo cuando tiene lugar la iniciación.